lunes, 24 de octubre de 2016

Entre la perfección y los dientes chuecos


Si no estás preparado para equivocarte, nunca producirás nada original
– Sir Ken Robinson

La semana pasada fui al dentista y para serles sincero lo disfruté, el odontólogo fue cordial, educado y muy profesional. Al término de la consulta me preguntó: ¿no ha pensado ponerse frenos y enderezar un poco sus dientes? ¡Va a ser otro!
Yo no pude evitar reírme y decirle que me gusta mi sonrisa. Pero me dejó pensando. No en dentaduras, ni en sonrisas sino en el concepto de “perfección”.

Para triunfar en el mundo sólo necesitas una cosa: perfección. Tener la sonrisa, la palabra, el trabajo o el cuerpo perfecto; esforzarte por ser la mamá, el empresario, el estudiante, el deportista, el hombre, el niño o el viejito perfecto. Nunca te equivoques, no te vayas a ensuciar ni a despeinar, ¡ay de ti si te tropiezas, o si tienes un diente un poco chueco! No te enojes, no llores, ni se te ocurra regarla. ¡Párate derecho, mete la panza, no te atrevas! Ufff, ya me cansé sólo de escribir estos renglones.
Todos los días recibimos cientos de estos mensajes una y otra vez, sin embargo el problema no es ese. El problema es que frecuentemente creemos esos mensajes, pensamos que debemos convertirnos en Míster Perfecto o en Señorita Nunca-Fallo. Pero ¿cuál es el problema? ¿qué hay de malo en buscar que todo nos salga bien?

Que algo sea perfecto quiere decir que no tiene ningún fallo, que ha llegado a un estado óptimo y que no se puede mejorar. Pues eso no pasa en este universo: aquí la vida evoluciona, las culturas se desarrollan y el propio universo se expande. Así que aunque la búsqueda de perfección nos puede ayudar a crecer e incluso a ser más cuidadosos, si nos obsesionamos con esa idea entonces se vuelve un camino derechito al agotamiento, la frustración, la intolerancia, niveles pobres de aprendizaje y muerte a la creatividad.

Es en serio, no hay nada más cansado que buscar ser el mejor en todo, todo el tiempo. Y el problema es que a la larga se vuelve una tarea imposible; te prometo que por más que te esfuerces un día de estos la vas a regar, vas a extraviar las llaves (espero que sólo por un ratito), no vas a poner el acento donde va o te vas a salir de tus casillas. Es fácil malgastar una gran cantidad de energía –y quedar cansadísimo- al buscar ser perfecto.
Si el perfeccionismo autoaplicado cansa, ahora imagínate que pasa cuando quieres tener la pareja, el hijo, el trabajo, las vacaciones o el empleado perfecto. Se llama frustración; las cosas y las personas se empeñan en ser diferentes a lo que esperamos. Son lo que son, no lo que nosotros queremos que sean. Quien tiene expectativas de perfección en los demás se asegura la decepción, se dificulta las relaciones incluso con aquellos que más quiere, sufre.
Si cansancio y frustración todavía te parecen poca cosa, aún nos queda otro efecto negativo del perfeccionismo: problemas para aprender e innovar. Los mayores genios del aprendizaje y la creatividad son los chamacos que aún no conocen el concepto de “error”, todavía no los hipnotizamos para que crean –como nosotros- en ese terrible monstruo, entonces aprenden a caminar cayéndose, a usar el lenguaje usando mal los verbos, a vivir equivocándose. Desafortunadamente esa etapa no dura mucho, pronto empezamos a juzgarnos con rudeza, a criticarnos por no haberlo hecho lo suficientemente bien y a desaprovechar las oportunidades de aprendizaje que nos brinda la vida.

Pero no me malinterpretes, todo este rollo no es para invitarte a que seas malhecho, a que no pongas atención o a que dejes de poner el corazón en lo que haces. ¡Al contrario! Entrégate a lo que haces momento a momento y relájate, no les exijas perfección a los que quieres (incluido tú mismo). Libera tu energía, tu disfrute y tu genialidad aceptando tu perfecta imperfección. No eres perfecto, ni lo vas a ser. Tu trabajo, tu suegra, tus hijos tampoco. Sin embargo esta no es ninguna justificación para ser “chafa” o para entregarte a medias; no eres perfecto pero tampoco tienes porque ser “patito”.
Observa a un niño jugando, a un artista en acción o a un atleta completamente enfocado en su disciplina. No existe nada más allá de ese momento. Se terminan las expectativas y los juicios. Parece que el mundo se detiene. ¿Podríamos llamar a eso perfección? No, ya que llegará alguien en algún momento y lo superará, pero no importa porque hay algo más valioso ahí que la perfección. Hay belleza. Hay vida. Hay disfrute.
Daniel Goleman lo plantea de una manera muy hermosa en su libro “el espíritu creativo” cuando nos hace la invitación: “entre placer y perfección, elige siempre placer”.

¡Que tengas un día bellísimo, lleno de vida y de disfrute! Yo por lo pronto decidí no hacerle caso a mi dentista, por ahora prefiero no ser otro y quedarme con mi imperfecta sonrisa.  

Sergio Hernández Ledward