viernes, 23 de diciembre de 2016

¿Feliz Navidad o “jingle bells” a claxonazos?


Que todos los seres estén bien, felices y en paz.
 – Bendición budista

Ser budista y escribir sobre la navidad es un bonito reto. En realidad es un buen reto para cualquiera, ya que es fácil olvidarnos de que tratan estas fechas.

No sé para ti, pero para mí puede ser muy sencillo confundirme. Ver arbolitos con esferas desde septiembre y pagar a 18 meses sin intereses ¡empezando en febrero! No me ayuda a llegar al corazón del asunto. Escuchar canciones que hablan de “noche de paz” en el radio del auto mientras el tráfico de las vacaciones aumenta y el conductor de atrás entona un furioso “jingle bells” con el claxon, ayuda menos.

Así que hay que darle una re-pensada para que el tráfico y el consumismo no nos confundan. ¿Qué estamos celebrando? ¿Por qué tenemos vacaciones escolares, días libres del trabajo, posadas, preposadas y hasta maratones Guadalupe-Reyes?
Sin ser experto en el tema puedo afirmar que se trata de una fiesta de cumpleaños. 2016 años del nacimiento de Jesús: para muchos el hijo de Dios, para otros un enorme maestro con un enorme mensaje: “no se confundan, el amor es lo más importante”. Creo que de eso se trata, de un recordatorio –urgente- sobre el amor. Estoy seguro que ese sería el consejo que nos daría Jesús si nos lo encontramos en el café, en el mercado o en el templo.
–Jesús ¡qué bueno que te veo! fíjate que ganó Trump, ahí vienen los gasolinazos, la delincuencia no para y me peleé con mi cuñado ¿qué hago?- Podría apostarles que su respuesta sería sencilla: ama.
-Chuy, tengo un montón de deudas y no aguanto a mi jefe ¿qué me recomiendas? – les apuesto que sin pensarlo mucho nos diría: ama
¿Qué las cosas están difíciles y el futuro se ve incierto? Cierto. Creo que su consejo sería: ama. ¡Y creo que sería  una gran idea hacerle caso!

Tal vez podamos empezar amándonos a nosotros mismos. Cuidándonos, tratándonos con cariño, creciendo mientras perdonamos nuestros propios errores, apapachándonos, relajándonos un poco, confiando en nuestras habilidades y sabiendo que nunca seremos perfectos.
Podríamos seguir amando a nuestro trabajo, nuestro estudio. Entregándonos con cariño, sabiendo que lo que hacemos es valioso, encontrándole sentido, usándolo como un espacio para ejercitar la creatividad, la voluntad, el espíritu de servicio. Sonriéndole a los retos.
Ya encarrerados hasta amar a los compañeros de trabajo, a los proveedores, a los clientes, es más: hasta a los jefes. No es necesario ponernos románticos, podemos expresar amor diciendo buenos días, reconociendo el trabajo bien hecho, alegrándonos por el éxito de alguien más, bajándole dos rayitas al ego y dejando de tomarnos las cosas tan a pecho, pidiendo disculpas cuando nos equivoquemos. También charlando y sabiendo que podemos ponernos de acuerdo, respetarnos y seguir siendo diferentes.

Aquellos que nos tomemos en serio el consejo, podríamos seguir amando a nuestra ciudad, a nuestro campo, a nuestra tierra, a nuestro mundo.
Estoy seguro que lo mejor está por venir -a pesar de cualquier pronóstico- si dejamos que el verdadero espíritu navideño guíe nuestras acciones y nuestras decisiones.

¡Que tengas una bellísima navidad! ¡Que estés bien, feliz y en paz! ¡Que el 2017 aprovechemos las oportunidades de amar verdaderamente!

Sergio Hernández Ledward
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viernes, 9 de diciembre de 2016

¡Tengo que mandar el artículo!



Utiliza siempre el nombre correcto de las cosas.
 – Albus Dumbledore

¡No friegues! Ya es viernes y no he mandado el artículo, ¡Tengo que mandarlo pero ya! – eso me estaba diciendo una vocecita interior hace unos pocos minutos, mientras yo  me resistía a ponerme teclas a la obra. Mi resistencia tenía buenas razones y ni una sola idea sobre que escribiría.
Peeero: ¡TIENES que escribir a la de YA! – insistió la vocecita. Ok, ok – respondí no muy convencido.

Las palabras encierran poder y magia, son fuente de alegría y de dolor; con ellas aprendemos, negociamos, vendemos, aconsejamos, nos equivocamos, nos enamoramos, nos convencemos de nuestro potencial y nuestra debilidad. Con ellas contamos la historia de nuestra vida, nos motivamos hacia adelante y también nos mantenemos presos.

Una de las formas más comunes que tenemos de perder libertad es usando una simple palabra de cinco letras: “tengo”. Se ve y suena bastante inocente, pero cuidado, su poder es enorme.

Hagamos la prueba, repítete despacito: “tengo que lavar los trastes”… a no ser que seas una de esas pocas personas a quienes les apasiona esa actividad, lo más probable es que junto con la frase haya llegado una sensación de estar obligado, de no tener opciones, de que te están haciendo manita de puerco, de falta de libertad. Ahora añádele “tengo que pagar la mensualidad de la casa”, “tengo que hacer de comer”, “tengo que ponerme a estudiar”, “tengo que recoger a los niños”, “tengo que comprar los regalos del intercambio”, tengo que, tengo que, tengo que. Cada frase es un sutil grillete, un invisible barrote lingüístico. Las personas que se repiten con frecuencia “tengo que” no sólo andan a las carreras, sino que también pierden libertad.

La buena noticia es que cada una de esas frases también es una mentira. No tienes que nada (o que casi nada). Piénsalo, podrías no lavar los trastes, no hacer de comer, ni ponerte a estudiar; no estás obligado, eres libre para elegirlo (tomando en cuenta sus consecuencias, por supuesto).

Durante estos días te invito a hacer el experimento. Observa cómo te comunicas contigo mismo y cada vez que te caches diciendo “tengo que”, cámbialo. Algunas buenas opciones son: quiero, decido, voy, puedo, disfruto, elijo. Haz la prueba, observa que pasa y diviértete; la única regla es no decir mentiras, si no quieres lavar los trastes ¡No lo digas! usa otra frase que tal vez funcione: “decido a lavar los trastes” y nota como te sientes.

Yo por lo pronto VOY a mandar el artículo que ya es viernes. ¡Feliz y liberador día!

Sergio Hernández Ledward
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martes, 22 de noviembre de 2016

¡Me regaló una cascada!



Estoy agradecido por lo que soy y lo que tengo. Es sorprendente lo satisfecho que puedo estar sólo con mi sensación de existencia… Ya que mi riqueza no es posesión, sino gozo.
 – Henry David Thoreau

Tendría unos 6 años cuando mi papá me regaló una cascada. Él iba manejando en la sierra de Puebla rumbo a Teziutlán, seguramente mi mamá y mis hermanos también iban en el carro, cuando orilló el carro, lo estacionó en el acotamiento y todos nos bajamos a ver una pequeña (para mi enorme) cascada que se había formado con las lluvias en la orilla de la carretera. Mis ojos redonditos como plato, creo que nunca había visto una cascada y fue entonces que mi padre tuvo uno de sus momentos de inspiración; “¿Te gusta Sergio?” – me preguntó, yo no apartaba la vista del agua que caía y le respondí “está muy bonita”, “Entonces te la regalo, es tuya” – dijo él. Ya te puedes imaginar mi gigantesca sonrisa.

¡Mi papá me regaló una cascada! No me la pude llevar, la dejé ahí para que muchos otros la pudieran ver. No tenía un peso y estaba feliz. Vivía en completa abundancia.
Pasaron los años y ahora que acaba de pasar el “Buen Fin 2016” es buena idea recordar que la riqueza verdadera no es posesión, la abundancia no tiene que ver con cuantas cosas tienes (aunque estén lindísimas) y mucho menos con cuanto debes a meses sin intereses. La riqueza es gozo y es disfrute, es sonrisa infantil, la abundancia es gratitud. Y ese es nuestro derecho como seres humanos.

Lo contrario de abundancia es escasez. La sensación de no tener y permanentemente necesitar. Desafortunadamente nuestra sociedad es una fábrica de necesitados; los que verdaderamente necesitan un techo y algo que comer para sobrevivir y los que creen que siempre necesitan más para sentirse bien. Necesito un mejor carro, una nueva computadora, unas vacaciones, un teléfono inteligente, una copa de vino. Necesito que me ayudes. ¡Te necesito! Quejas todo el tiempo y sensación de carencia permanente. Francisco de Asís se dio cuenta de esto y con una gran sonrisa dijo “necesito poco y lo poco que necesito, lo necesito poco”, vivía en abundancia.

De modo que aquellos que viven en abundancia se sienten permanentemente agradecidos y practican sonrientemente sus dos aspectos: apertura y generosidad. Recibir y entregar con alegría. Sólo por te propongo hoy el reto de aumentar tu abundancia practicándolas: todo lo que recibas hoy –una sonrisa, un saludo, dinero, alimentos, incluso el aire que respiras- recíbelo alegremente; todo lo que brindes hoy, entrégalo con alegría, con la abundante sensación de tener para dar.

¡Feliz y abundante día! (Y si te encuentras con mi cascada yo también te la regalo para que la disfrutes un ratito y luego la compartas)

 Ahh y si se te antoja seguirle un poco más con el tema, aquí te dejo un videito:




Sergio Hernández Ledward

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domingo, 6 de noviembre de 2016

Por algo se empieza: vamos a imaginar

Papá, vamos a imaginar – mi hija de 2 años y 5 meses

Eso me dijo hace dos años mi hija mientras jugábamos. Vamos a imaginar. Hoy esa frase regresó con fuerza a mi memoria; estoy preocupado por la violencia, la corrupción y la impunidad en el país, me asusta pensar en delincuentes, en autoridades omisas y en vengadores anónimos.

Vamos a imaginar me dijo y sólo se me ocurrió preguntarle: ¿qué quieres imaginar? y sin dudarlo respondió "fichas". Así que imaginamos fichas, que un segundo después se convirtieron en un castillo con todo y sus habitantes y después en un tren. Un ratito después me dijo "papá, soy mágica" y con un gis verde que en ese momento era varita mágica me convirtió en sapo, después en pez y más tarde en pakua (sigo investigando que es eso).
Me sentí orgullosísimo al saber que tengo una hija mágica y que me invita a imaginar. Dos años después y no he podido sacar esa frase de mi cabeza. Papá, vamos a imaginar. El  problema es que me puso a pensar. ¿Y yo? ¿Qué quiero imaginar? No voy a quedarme atrás, así que: ¡A imaginar se ha dicho!

Voy a imaginar que crezco, que me vuelvo más generoso, más valiente y decidido, que se me quita la soberbia y la ignorancia. Que aprendo a amar. También voy a imaginar que sigo soñando después de los 40, después de los que vengan, que un día me descubro como un viejito bien imaginativo.
Voy a imaginar que mi hija crece sana y feliz, que no se olvida de escuchar su corazón, que hace buenos amigos, que sigue riendo y cantando, que los trancazos que le toquen no sólo la hacen fuerte, sino también humana. Voy a imaginar que se cuida, que se ama y que conforme crece extiende ese cuidado y ese amor. Voy a imaginar que es princesa, guerrera, bailarina, cantante, exploradora del ártico, pirata, sanadora, maestra, astronauta.

Y ya encarrerado, te invito a imaginar conmigo
Vamos a imaginar que ya no vemos asaltos, asesinatos, desapariciones, corrupción, ni fosas en los medios; no porque no se muestran, tampoco porque volteamos hacia otro lado, sino porque logramos construir una sociedad distinta.
Vamos a imaginar que se nos acabó el miedo, la indiferencia, la auto-importancia, la estupidez.
Vamos a imaginar que se puede jugar en las calles, platicar con los cajeros de un banco, sonreirle al vecino, ceder el paso, confiar en el policía y saberme su nombre.
Vamos a imaginar que sembramos muchos árboles y los cuidamos. Que nos sentimos orgullosos de nuestra herencia, de nuestro linaje, de nuestro México.
También que nos gobiernan los mejores, los más honestos, los más brillantes, los más entregados. Que en lugar de regalar televisiones, se regalan balones de fut, canchas de basquet, boletos al concierto y al teatro, que se comparten muchos libros.
Vamos a imaginar que superamos nuestras tragedias, que el dolor de la violencia nos hizo más solidarios y más hermanos, que nos dimos cuenta que somos más fuertes de lo que nos querían hacer pensar.
Vamos a imaginar que florecen las artes y las ciencias, las charlas y los abrazos, el deporte y la cultura.
Vamos a imaginar que no quedamos en deuda con nuestros hijos, que les heredamos un ejemplo valiente y amoroso, que les dejamos una patria más sonriente: una tierra donde puedan pararse firme y un cielo que les permita soñar.

Vamos a imaginar que nosotros también nos dimos cuenta que somos mágicos.

Si, vamos a imaginar. Por algo se empieza



Sergio Hernández Ledward

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lunes, 24 de octubre de 2016

Entre la perfección y los dientes chuecos


Si no estás preparado para equivocarte, nunca producirás nada original
– Sir Ken Robinson

La semana pasada fui al dentista y para serles sincero lo disfruté, el odontólogo fue cordial, educado y muy profesional. Al término de la consulta me preguntó: ¿no ha pensado ponerse frenos y enderezar un poco sus dientes? ¡Va a ser otro!
Yo no pude evitar reírme y decirle que me gusta mi sonrisa. Pero me dejó pensando. No en dentaduras, ni en sonrisas sino en el concepto de “perfección”.

Para triunfar en el mundo sólo necesitas una cosa: perfección. Tener la sonrisa, la palabra, el trabajo o el cuerpo perfecto; esforzarte por ser la mamá, el empresario, el estudiante, el deportista, el hombre, el niño o el viejito perfecto. Nunca te equivoques, no te vayas a ensuciar ni a despeinar, ¡ay de ti si te tropiezas, o si tienes un diente un poco chueco! No te enojes, no llores, ni se te ocurra regarla. ¡Párate derecho, mete la panza, no te atrevas! Ufff, ya me cansé sólo de escribir estos renglones.
Todos los días recibimos cientos de estos mensajes una y otra vez, sin embargo el problema no es ese. El problema es que frecuentemente creemos esos mensajes, pensamos que debemos convertirnos en Míster Perfecto o en Señorita Nunca-Fallo. Pero ¿cuál es el problema? ¿qué hay de malo en buscar que todo nos salga bien?

Que algo sea perfecto quiere decir que no tiene ningún fallo, que ha llegado a un estado óptimo y que no se puede mejorar. Pues eso no pasa en este universo: aquí la vida evoluciona, las culturas se desarrollan y el propio universo se expande. Así que aunque la búsqueda de perfección nos puede ayudar a crecer e incluso a ser más cuidadosos, si nos obsesionamos con esa idea entonces se vuelve un camino derechito al agotamiento, la frustración, la intolerancia, niveles pobres de aprendizaje y muerte a la creatividad.

Es en serio, no hay nada más cansado que buscar ser el mejor en todo, todo el tiempo. Y el problema es que a la larga se vuelve una tarea imposible; te prometo que por más que te esfuerces un día de estos la vas a regar, vas a extraviar las llaves (espero que sólo por un ratito), no vas a poner el acento donde va o te vas a salir de tus casillas. Es fácil malgastar una gran cantidad de energía –y quedar cansadísimo- al buscar ser perfecto.
Si el perfeccionismo autoaplicado cansa, ahora imagínate que pasa cuando quieres tener la pareja, el hijo, el trabajo, las vacaciones o el empleado perfecto. Se llama frustración; las cosas y las personas se empeñan en ser diferentes a lo que esperamos. Son lo que son, no lo que nosotros queremos que sean. Quien tiene expectativas de perfección en los demás se asegura la decepción, se dificulta las relaciones incluso con aquellos que más quiere, sufre.
Si cansancio y frustración todavía te parecen poca cosa, aún nos queda otro efecto negativo del perfeccionismo: problemas para aprender e innovar. Los mayores genios del aprendizaje y la creatividad son los chamacos que aún no conocen el concepto de “error”, todavía no los hipnotizamos para que crean –como nosotros- en ese terrible monstruo, entonces aprenden a caminar cayéndose, a usar el lenguaje usando mal los verbos, a vivir equivocándose. Desafortunadamente esa etapa no dura mucho, pronto empezamos a juzgarnos con rudeza, a criticarnos por no haberlo hecho lo suficientemente bien y a desaprovechar las oportunidades de aprendizaje que nos brinda la vida.

Pero no me malinterpretes, todo este rollo no es para invitarte a que seas malhecho, a que no pongas atención o a que dejes de poner el corazón en lo que haces. ¡Al contrario! Entrégate a lo que haces momento a momento y relájate, no les exijas perfección a los que quieres (incluido tú mismo). Libera tu energía, tu disfrute y tu genialidad aceptando tu perfecta imperfección. No eres perfecto, ni lo vas a ser. Tu trabajo, tu suegra, tus hijos tampoco. Sin embargo esta no es ninguna justificación para ser “chafa” o para entregarte a medias; no eres perfecto pero tampoco tienes porque ser “patito”.
Observa a un niño jugando, a un artista en acción o a un atleta completamente enfocado en su disciplina. No existe nada más allá de ese momento. Se terminan las expectativas y los juicios. Parece que el mundo se detiene. ¿Podríamos llamar a eso perfección? No, ya que llegará alguien en algún momento y lo superará, pero no importa porque hay algo más valioso ahí que la perfección. Hay belleza. Hay vida. Hay disfrute.
Daniel Goleman lo plantea de una manera muy hermosa en su libro “el espíritu creativo” cuando nos hace la invitación: “entre placer y perfección, elige siempre placer”.

¡Que tengas un día bellísimo, lleno de vida y de disfrute! Yo por lo pronto decidí no hacerle caso a mi dentista, por ahora prefiero no ser otro y quedarme con mi imperfecta sonrisa.  

Sergio Hernández Ledward

viernes, 7 de octubre de 2016

Innovación y sus enemigos mortales


A veces llegué a creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno
– Reina de Corazones en Alicia en el país de las maravillas

Seguro has sentido un chispazo de inspiración, un impulso creativo, la deliciosa sensación de estar recorriendo un camino –o un pensamiento- nuevo. Innovar, crear, generar: hay gozo en estas palabras. Según la Real Academia Española innovar es mudar o alterar algo, introduciendo novedades; según Wikipedia es la implementación exitosa de nuevas ideas. De modo que innovar no es sólo ser creativos, sino comprometernos con esa creatividad hasta ver sus resultados. Dicen que Einstein alguna vez dijo que la creatividad era inteligencia divirtiéndose (si hubiera sido mexicano tal vez hubiera dicho: inteligencia echando desmadre), entonces la innovación es esa inteligencia desmadrosa  comprometiéndose a cambiar las cosas. ¡Vaya que hace falta!

Como sociedad necesitamos urgentemente ponernos a innovar, pensar de modos distintos y comprometernos a cambiar las cosas. La creatividad humana no tiene límites y RESOLVER LOS PROBLEMAS QUE NOS AQUEJAN ES POSIBLE, en serio: se puede resolver desde la delincuencia hasta la corrupción, pasando por el hambre, las broncas de calidad en la empresa, el calentamiento global o la mala relación con un hijo adolescente… pero requiere pensar y actuar diferente. Como individuos también nos urge redespertar esa chispa y ese placer creativo, no estamos condenados a vivir como líneas de producción, como simples consumidores, como zombies sin esperanza.

Peeeero en el camino a la innovación se nos atraviesan sus tres enemigos mortales: indiferencia, rutina y falta de confianza. Si vamos a resolver los problemas que nos aquejan, cada uno de nosotros tendrá que enfrentarse con ellos, son enemigos formidables y saben cómo vencernos (de hecho ya lo han hecho un par de veces). Así que vamos viendo cómo enfrentarlos:

Indiferencia y sus parientes: valemadrismo, flojera, falta de compromiso. Si no nos importa, no podremos cambiarlo. Interésate y estudia los problemas que enfrentamos, platica con los expertos, va a conferencias, googlea, sal y observa con atención.

Rutina. Al cerebro le gusta lo conocido, ir a los mismos tacos, escuchar la misma música, platicar de lo mismo, pensar como siempre ha pensado; como los viejitos (de cualquier edad): hacer lo mismo a la misma hora. Rompe la rutina, viaja, vuelve a dibujar, imagina como se ven las cosas desde la mirada de tu hijo, tu jefe, tu cliente, tu vecino… o atrévete aún más y piensa como lo vería Gandhi, Tesla, Jesús, Mozart, Mandela.

Falta de confianza. Los problemas que enfrentamos no son cualquier cosa… nosotros tampoco. Si lo piensas un poco te darás cuenta que tú mismo eres fruto de la innovación universal. Nunca ha habido otro  como tú, nunca lo habrá en el futuro. Tu cuerpo, tus emociones, tu manera particular de ver las cosas, tu potencial son únicos, no los retengas: libéralos. Haces falta.

Feliz día y a pensar en seis imposibles antes del desayuno.

Sergio Hernández Ledward

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Un corazón en paz


No hay camino para la paz, la paz es el camino – Mahatma Gandhi

El 21 de septiembre se celebró el Día Internacional de la Paz, en muchos lugares se dijeron discursos, se hicieron oraciones o se firmaron papeles. Quisiera pensar que se dieron pasos en el camino hacia un mundo más en paz, luego veo las noticias y me surgen serias dudas. Entre esas dudas, tal vez la más importante es ¿verdaderamente podemos hacer algo – los ciudadanos comunes y corrientes - por un mundo más en paz?

Hace algunos años tuve la fortuna de estar en una conferencia que dio el Dalai Lama en el auditorio nacional, corrían tiempos violentos (no muy distintos a los del día de hoy) y en la sesión de preguntas y respuestas alguien preguntó: - Su Santidad ¿qué podemos hacer para que el mundo tenga paz?
El Dalai Lama se le quedó mirando unos instantes y después se rio con fuerza, tomó aire y dijo: “Si no hay paz en tu corazón, no podrás llevar paz a tu familia. Si no puedes llevar paz a tu familia no lograrás que tu ciudad esté en paz. Si no logras que tu ciudad esté en paz no podrás llevar esa paz al mundo. Empieza en tu corazón”… y se volvió a reír.

Parece que este gran hombre nos estaba invitando a comenzar con nosotros mismos. A empezar justo en el centro de cada uno y a partir de ahí extender la paz a nuestro alrededor. Así que de modo natural surge la pregunta ¿Qué podemos hacer para tener un corazón en paz? – aquí van algunas sugerencias:

  • Aprecia y agradece lo que tienes. Observa y alégrate por las bendiciones presentes, las que están justo aquí y justo ahora. Con alguna frecuencia las personas nos enfocamos en la carencia, en el problema, en lo que nos falta; la carencia no es un camino de paz, la gratitud sí. Así que dale la vuelta a la tortilla y cuenta todas tus razones para sentirte agradecido.
  • Reconcíliate contigo mismo. Perdona tus errores y luego aprende de ellos. Si con frecuencia te regañas por lo que hiciste, ¡o por lo que no hiciste! seguramente estarás cansado y en conflicto. En serio: hiciste lo mejor que pudiste. Toma nota de qué harías distinto si te enfrentas con esa situación una vez más y luego suéltala, no le dediques un pensamiento más.
  • Trátate con cariño y con respeto. Cuídate, apapáchate, usa contigo mismo las palabras que usarías con un amigo verdadero, háblate con respeto. Tu voz interna te acompaña siempre, asegúrate que sea una buena compañía. Haz tu mejor esfuerzo por cumplir todas las promesas que te haces a ti mismo.
  • Respira y sonríe. Una vez más: respira y sonríe. Es en serio, haz la prueba ahora mismo: respira y sonríe. Hay sabiduría en tu cuerpo, él ya sabe cómo estar en paz, ya sabe respirar suave y profundo como un niño pequeñito, ya sabe sonreír sin forzar nada, sólo disfrutando.
  • Recuerda que las cosas son como son. Demasiado obvio ¿no es cierto? Pero piénsalo un poco: las cosas no son como la gente quiere que sean, las cosas simplemente son como  son. La mejor manera que tener conflicto en el corazón es resistirnos a esto, pensar que las cosas deberían ser de otro modo. No lo son. Las cosas son así, como son, y una vez que las aceptas y dejas de pelearte con ellas entonces puedes disfrutarlas o transformarlas. Tú mismo eres como eres, haz las paces con esto.
  • Busca en el mundo belleza, bondad y verdad. Ahí están, simplemente míralas. Detente a observar una puesta de sol, una sonriente luna, la lluvia cayendo, a unos niños jugando; busca y descubre cuando una persona hace algo de modo desinteresado por los demás, alégrate de la generosidad humana.
  • Haz pausas. La vida moderna llena de estrés y responsabilidades seguramente te está diciendo como a mí: corre y si no puedes, por lo menos vuela. No importa  a donde vayas, tú apúrate. No importa que no tenga sentido, tú síguele. Todo un reto escaparnos de esta invitación: ¡hazlo! Aunque sea de vez en cuando, camina un poquito más despacio, detente a observar, disfruta ese sorbo de café. La prisa y la paz no son buenas amigas.
  • Atiende una cosa a la vez. Multitasking –hacerlo todo a la vez- es otra de las tentaciones que enfrentamos; si pudiéramos haríamos la comida mientras terminamos la tesis, operaríamos a corazón abierto mientras llevamos el carro a verificar, arreglaríamos la regadera mientras hacemos el amor… y mientras hacemos todo esto, lo postearíamos en Facebook ¡Qué suerte que no podemos! (al menos yo no puedo). Resiste la tentación, un corazón y una mente dividida no caminan el sendero de la paz.
  • Y si nada de esto funciona: haz otra cosa. O no hagas nada. Encuentra tu propia estrategia de paz, explórala, conócela, profundiza en ella. No hay ninguna necesidad de que tu camino de paz sea idéntico al mío, al del Dalai Lama o al de nadie más.

Cuando tu corazón encuentra algo de paz, ya hay un lugar en el mundo un poquito más pacífico; esto no es suficiente, pero es un gran inicio.  Cuando escucho que la gente dice: “el cambio está en ti”, pienso que tienen razón… en parte. El cambio si está en ti, pero no basta, hay que compartirlo, ayudarle a salir. Para que un corazón en paz lleve paz a su familia, necesita platicar con esa familia, dialogar con ella, resolver conflictos, educar a los chamacos y convivir con los cuñados y la suegra. Para que un corazón en paz lleve paz a su ciudad, deberá extenderse hacia afuera, tratar a los demás con justicia y dignidad, ponerle atención al jefe, al cliente, al compañero de trabajo, respetar al que no conozco y es al mismo tiempo tan parecido y tan diferente a mí. Para que un corazón en paz lleve paz al mundo, deberá interesarse por el mundo, conocerlo, viajarlo, honrarlo, cuidar a este milagroso tercer planeta de agua y tierra.

Así que cualquier paz que tengas, compártela con los que están cerca, no importa si es poquita o si es mucha, brinda la paz que tengas. Y si el reto te parece enorme, no te preocupes, haz como dicen los Alcohólicos Anónimos: “sólo por hoy”.  Sólo por hoy cede el paso, saluda a la cajera del banco, dedícale un par de minutos más a jugar con tus hijos, llama por teléfono a tus papás, acaricia la mano de tu pareja, trata con dignidad a los que son menos afortunados. A veces lo mejor que puedes hacer por ti mismo es ayudar a alguien más. Sólo por hoy caminemos con un corazón en paz.


May the peace be with you,  young padawan.

Sergio Hernández Ledward

Coach, Conferencista, Narrador, PNLista.